Los maestros: Teilhard de Chardin, Pierre

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Teilhard de Chardin, Pierre (1881-1955)
Sacerdote Jesuita, Paleontólogo, Escritor. Francia

Geólogo, paleontólogo, humanista cristiano y místico ferviente, sus aportes filosóficos y científicos desataron grandes controversias, algunas de las cuales -como su posible participación en el fraude de Piltdown y su contribución desde el cristianismo a la teología de la “conciencia planetaria” y del “Cristo Cósmico”- mantuvieron viva a su memoria, tanto que algunas de sus ideas siguen siendo defendidas con parecida efusividad tanto por adeptos de la Nueva Era como por los gurúes de la Era Digital.
Teilhard de Chardin nació en Sarcenat, cerca de Clermont-Ferrand, Auvergne, Francia, el 1 de mayo de 1881. Descendiente de aristócratas, su infancia campesina impulsó su asombro ante la creación. Se dice que su madre inspiró su vocación religiosa y su padre, su amor por las ciencias naturales. Tenía diez hermanos y había cumplido los 17 años cuando ingresó en la Compañía de Jesús, donde cursó estudios de filosofía. En 1905, se trasladó a El Cairo, Egipto, como parte de su entrenamiento, donde enseñó física y química en el colegio de los Jesuitas. Allí permaneció tres años e intensificó su interés en campos tales como la paleontología y la geología, que ya habían despertado durante su estadía en la isla de Jersey del Canal de la Mancha, Inglaterra, y su comprensión de diversas culturas, una experiencia que podría haber sido clave en su formación para -según el antropólogo H. James Birx- “alejarse del etnocentrismo europeo” (1).

LA TEOLOGÍA DEL JESUITA PROHIBIDO
Sus inquietudes científicas fueron alentadas por la jerarquía de la Orden de los Jesuitas, que no dudó en otorgarle el permiso cuando quiso estudiar ciencias naturales en la Universidad Católica de París. En 1916 realizó una primera expedición científica a China donde condujo el discutido descubrimiento del “Sinanthropus”. A partir de 1923 participó en nuevas exploraciones geológicas en varios países orientales, que incluyeron otra vez China, la India, Birmania y Somalía. Durante la Primera Guerra Mundial se alistó como jefe de camilleros en el frente, permaneciendo en Francia hasta el final de la contienda. Por entonces, se dedicó a “Escritos en tiempo de guerra”, reflejando la conmoción interior que le causó esa oscura etapa de la Humanidad y describiendo el despertar de un liminar sentimiento de “compasión cósmica”.
Sus reflexiones científicas incluían la discusión teológica, lo que le costó enemistades en el clero. Le opuso a la concepción darwinista y positivista una cosmología que -si bien admitía el evolucionismo- rechazaba una interpretación puramente mecanicista y materialista del cosmos. Así definió a su concepción del universo: “Creo que el Universo es una Evolución. Creo que la Evolución va hacia el Espíritu. Creo que el Espíritu se realiza en algo personal. Creo que lo Personal supremo es el Cristo-Universal”.
La materia -según De Chardin- contiene a la “conciencia” como elemento organizativo, configurando la evolución como un proceso teológico. La evolución de la pre-vida (mundo inorgánico) a la vida (“biosfera”) tiende completar el mundo del hombre y del pensamiento (“noosfera”). Pero el hombre no es el punto culminante: el Universo, el hombre y su historia, dice, tienden a un “punto omega”, aquel que Teilhard llamó “el Cristo Cósmico”, punto de unión de toda la humanidad (“cristosfera”).
Durante su prolongada estadía en China (1939-45) completó “El Fenómeno Humano” (1938-40), obra donde comete el sacrilegio (desde la perspectiva católica) de defender la teoría de la mutación de las especies a través de la historia genética. Cuando una copia del ensayo cayó en manos de sus superiores fue censurado y acusado de heterodoxia al atreverse a hacer una interpretación libre de la doctrina del “pecado original” y de la “gratuidad de la vida sobrenatural”. Exiliado en China, más tarde se estableció en Nueva York, donde vivió el resto de su vida colaborando y asesorando a diversas instituciones científicas. Nunca reaccionó ante la condena de las autoridades de la Iglesia y vivió el castigo en silencio.

UN HUMANISTA MILENARISTA
Teilhard predicó la necesidad de que se estableciera un “nuevo humanismo” donde se reconozca que “en el espíritu humano, como en un fruto único e insustituible, se halla sintetizada toda la vida sublimada -es decir, todo el valor cósmico- de la Tierra” (“L’Esprit de la Terre”, 1931, p. 5) (2). Sus ideas científicas y humanistas fueron elogiadas tanto por almas religiosas como por académicos huérfanos de Dios. El zoólogo Julian S. Huxley (1960), considerado uno de los principales exponentes de la teoría evolucionista, cuando era presidente de la UNESCO, conoció a De Chardin en 1946. El científico, hermano del célebre escritor Aldous Huxley, declaró haber llegado desde su agnosticismo a “conclusiones muy parecidas” a las de Teilhard. Ya en los ’60, René Maheu, otro director de la UNESCO, comparó a la obra de Einstein con la de Teilhard ya que “constituyen sin duda alguna, cada uno a su manera y por su propio esfuerzo, los sistemas de conocimientos más extensos y densos a la vez que se hayan concebido” (3).

Las demandas teológicas de Teilhard eran:
a) lealtad ante los resultados y las perspectivas de las ciencias naturales contemporáneas,
b) confrontación de los dogmas del cristianismo y de las nuevas perspectivas de la ciencia,
c) reflexión sobre el valor religioso del esfuerzo humano en el dominio temporal (2)

De Chardin insistió sobre la escasa importancia que los cristianos le conceden a la Parusía, esto es, a la doctrina según la cual Cristo retornará en el fin de los tiempos. Sobre este punto, Telihard escribió: “En este acontecimiento único y supremo, en el que lo Histórico (nos dice la Fe) debe fundirse con lo Trascendente, el misterio de la Encarnación culmina y se afirma con el realismo de una explicación física del Universo” (“Trois choses que je vois, 1948, p. 7). Este acontecimiento aliará la Ciencia y la Mística, y permitirá a ambas partes obrar una sobre otra, intercambiar sus atributos, llegando Cristo a ser Cósmico y el Cosmos cristificado a ser objeto de amor” (4).
Sus obras clave fueron “Le milieu divin” (1926-27), “Le phénomène humain” (1938-40), “Le groupe zoologique humain” (1949), L´apparition de l´homme (1956), “La vision du passé” (1957), “L´avenir de l´homme” (1959), L´activation de l´énergie (1963) y “Science et Christ” (1965).

PILTODWN: ¿BROMA O FRAUDE?
La piedra -quizá se debería decir la calavera- del escándalo, fue su participación en el descubrimiento del fósil de Pitdown, considerado por casi todos los autores especializados en fraudes científicos como “uno de los más elaborados que se hayan cometido jamás” (5).
Durante una reunión en la Sociedad Geológica de Londres, en 1912, Arthur Smith Woodward, director del Departamento de Geología del Museo Británico, y Charles Dawson, un geólogo aficionado, anunciaron el descubrimiento del “eslabón perdido” entre los monos y el hombre: se trataba de una caja encefálica humana y una mandíbula simiesca que parecían respaldar las teorías evolutivas de Charles Darwin.
Teilhard de Chardin no sólo había participado en la primera expedición sino que, tiempo después, añadió nuevos elementos que parecían apuntalar la relevancia del hallazgo. A lo largo de 37 años aquellos huesos fueron considerados una misma pieza de un hombre que vivió en el Pleistoceno. Pero el 21 de diciembre de 1953, el boletín del Museo Británico desenmascaró el fraude: un nuevo análisis (realizado por J.S. Weiner y otros) demostró que la mandíbula había pertenecido a un orangután moderno y que los dientes habían sido mejorados mediante pulidos y tinturas para que parecieran humanos.

TEILHARD, PRO Y CONTRA
No fue fácil determinar quién o quiénes fueron los responsables, aunque todas las miradas convergieron en Charles Dawson. El propio Weiner consideró a Teilhard un “inocente inconsciente”. No es de la misma opinión Stephen Jay Gould, profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad de Harvard, quien acusó a De Chardin en la revista Natural History (1980) de haber sido, sino el principal responsable, al menos cómplice necesario en el proceso de falsificación. Gould aportó diversos elementos de juicio para argüir que Teilhard habría sido parte de la conspiración. Según Gould, el sacerdote (quien por entonces tenía 30 años y le gustaba divertirse) pudo haber querido hacer una broma, que luego se le escapó de las manos (5). El antropólogo James Birx respondió que la acusación de Gould es falsa y defendió la inocencia de Teilhard argumentando que “la evidencia circunstancial no es suficiente para culpar al sacerdote jesuita de intervenir con malas intenciones en este fraude” (6). Otro ensayo sobre el caso, publicado en 1996, reinvidica a Teilhard, apartándolo del colosal fiasco (7). Lo cierto es que otros paleontólogos coincidieron con Gould, entre ellos A. S. Romer, Bryan Patterson y Louis Leakey y el zoólogo L. Harrison Matthews (8).
El controvertido sacerdote jesuita nunca participó de estas discusiones y guardó el mismo silencio con que soportó la condena episcopal. Se ignora cuáles fueron sus razones. Es posible imaginar que, alegara lo que alegase, asumir su defensa o admitir su complicidad en una broma, hubiera significado arriesgar una carrera hasta entonces intachable.
Hoy sus ideas son defendidas tanto por escritores de la Nueva Era, que persiguen una síntesis entre ciencia y espiritualidad, como por humanistas seculares, al modo del antropólogo de Harvard, H. James Brix.
Tras su desaparición física, tanto su figura como su fervor por propagar la fe cristiana, acabaron siendo reivindicados por la Compañía de Jesús (9). Demasiado cientificista para los católicos ortodoxos y sospechoso de falsificador entre los escépticos, no es extraño que sus ideas respecto de la “conexión planetaria” -como señalaron Mark Dery y Erick Davis-, actualmente impregnen las discusiones teóricas sobre Internet y la cultura digital. Teilhard de Chardin murió el 10 de abril de 1955, a los 74 años.

FUENTE: http://www.dios.com.ar/notas1/biografias/escribas/CHARDIN_TEILHARD/chardin.htm

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